miércoles, 14 de septiembre de 2011

TRISTEZA DE OLIMPIO

Por Víctor Hugo

Adaptación personal


Los campos no eran negros, ni los cielos sombríos.
No, el día centelleaba en un azul sin bordes
Sobre el mundo extendido,
Había incienso en el aire y verdura en los prados
Cuando volvió a los sitios donde, por tanta herida,
Se vació el corazón.


Quiso, otra vez, ver todo, el estanque y la fuente,
La choza en que la dávida vaciara su bolsa,
El fresno retorcido,
Los nidos del amor entre las arboledas,
El tronco donde, en besos sus almas confundidas,
Se todo se olvidaron.


Escudriñó el jardín, la casa solitaria,
La verja que da paso a la oblicua alameda,
Los vergeles en rampa.
Pálido caminaba. Al son de sus pisadas
Veía en cada árbol dibujarse la sombra,
Los esfumados días.


Escuchaba soplar, en los amados bosques
Al apacible viento que, haciéndonos vibrar,
Al amor vivifica,
Y agitando a los robles o meciendo a las rosas
Es el alma de todo que a las cosas rodea
Y sobre ellas descansa.


Las hojas que yacían en el desierto bosque
Esforzándose por abandonar del suelo
Por el jardín danzaban;
De igual modo, si el alma decae, los pensamientos
Un momento planean sobre su ala herida
Para al fin descender.


Acordándose, ¡ay! de dulces aventuras,
Mirando, sin entrar, por sobre los cercados,
Como si fuese un paria,
Todo el día merodea. Cuando la noche cae
Igual que triste tumba se encuentra el corazón;
Grita entonces así:


¡Oh dolor! Un día quise con alma atribulada
Comprobar si la urna conservaba el licor
Y ver cuanto formase este valle dichoso
De lo que aquí dejara mi pobre corazón.


¡Qué poco tiempo basta para cambiar las cosas!
Naturaleza plácida, ¡qué deprisa te olvidas!
Y de qué forma rompes en mil metamorfosis
Los misteriosos hilos que al corazón enlazan.


Nuestros albergues de hojas en breñas se cambiaron,
El árbol que grabamos está muerto o caído,
Las rosas del vallado han sido saqueadas
Por un tropel de niños que atraviesan el foso.


Un muro tapa el caño donde, con los calores,
traviesa, ella bebía bajando de los bosques;
Cogía el agua en la mano, hada maravillosa,
Y dejaba perderse las perlas por sus dedos.


Empedraron la ruta, ardua y mal aplanada
Donde, quedando impreso en la arena tan bien,
Y de su pequeñez mostrando la ironía,
Su pie maravilloso reía al lado del mío.


El hito del camino, tanto tiempo en su sitio,
Donde, a fin de escucharme, se solía sentar
Sirve para que choquen, cuando la vía está oscura,
Los carros gemebundos que a la tarde regresan.


Aquí está ralo el bosque, frondoso más allá,
De cuanto fue de nosotros casi nada perdura,
Y como la ceniza extinta y enfriada
Un tropel de recuerdos se dispersa en el viento.


¿No existiremos nunca? ¿Ya pasó nuestra hora?
¿Nada la traerá a nuestros gritos vanos?
El aire con la rama juguetea mientras lloro,
mi casa se contempla y no me reconoce.


Dios nos presta un instante los prados y las fuentes,
Los bosques temblorosos y las rocas silentes
Y los cielos azules, los lagos y planicies,
Para en ellos poner nuestros sueños y amores;

Luego nos los retira. En nuestra llama sopla,
Precipita en la noche el antro en que brillamos
Y ordena a la hondonada, donde el alma está impresa,
Que borre nuestros trazos y nuestro nombre olvide.


Olvidadnos, por tanto, casa, jardín, follajes;
Hierba, invade el umbral; zarzal, borra los pasos.
¡Canta ave! ¡Corre arroyo! ¡Crece, hoja!
¡Los que ahora olvidáis, nunca os olvidarán!

Porque sois para mí la sombra del amor,
El oasis que uno tropieza en el camino;
Porque eres, vallecico, el cobijo supremo
Donde hemos sollozado cogidos de la mano.


Todos los entusiasmos se alejan con la edad,
El uno con su máscara, con su puñal el otro,
Como un sonoro enjambre de histriones en camino
Cuyo bulto se achica trasponiendo la cuesta.


Pero a ti no te esconden, amor. ¡Oh tú, hechicero!
Tú que, antorcha o hachón, nuestra bruma iluminas
Nos tienes por las lágrimas, como por la alegría;
Joven, te maldecimos y te adoramos viejo.


En tiempo en que la frente por los años se vence,
Cuando el hombre sin fines ni proyectos siquiera
Siente que es tan solo una tumba ruinosa
Donde sus ilusiones y sus virtudes yacen;


Cuando el alma entre sueños desciende a las entrañas
Y cuenta el corazón, por el hielo atrapado,
Como se cuentan muertos después de la batalla,
Cada dolor calmado y cada sueño extinto,

Como alguien que indagase sosteniendo una lámpara,
Lejos del mundo real, lejos del mundo alegre,
Ella llega despacio, por una rampa oscura,
Al desolado fondo de la sima interior;

Y allí, en aquella noche que ningún rayo alumbra,
El alma, en un repliegue semejante a un final
Siente algo todavía palpitar bajo un velo... -
Y eres tú, entre las sombras, ¡oh recuerdo sagrado!